Sociedad

En el pabellón del crimen: memoria de Peñagrande

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El pasillo abandonado del llamado Botiquín de la antigua maternidad de Peñagrande. Al fondo, Concha Mayordomo. 7 de marzo de 2017. (A. B.)

La mujer se llama Icíar del Salto Aguilera y al principio no puede hablar, se emociona. “Cuando llegó mi hora del parto, me subieron. Según estaba con mis dolores llegó la comadrona –la llamábamos la Bisturí por su afición a cortar– a la sala donde estaba en una camilla metálica. Todo el rato estuvo diciéndome que por qué no daba al bebé, por qué no firmaba los papeles. Cuando ya tengo la cabeza de mi hija medio fuera, me dicen que vaya andando a la sala de partos, y me decían que no sabían si el niño venía bien o mal, porque el ginecólogo de aquí, que era el doctor Vela, no me vio en todo el embarazo. La niña nació con la cabeza apepinada por haber andado unos metros con ella asomando, así que nació muy fea, y doy gracias por ello, creo que por eso no me la quitaron. Ahora mi hija es lo más bonito del mundo”.

Unas horas antes de que Icíar del Salto exponga sus recuerdos a un salón de actos lleno de gente, dan las nueve y un goteo de estudiantes cruza la reja del mismo edificio donde ella hablará por la tarde. Es la rutina desde hace treinta años en este aburrido rincón del norte de Madrid, donde la vieja construcción del Instituto Isaac Newton desentona, como la única herencia en estas calles de la arquitectura del franquismo. Pero el dictador ya llevaba años muerto cuando aún las paredes de los pabellones de Peñagrande amortiguaban los silencios, el llanto y los gritos de centenares de menores embarazadas, de las parturientas como Icíar, de las jóvenes madres y sus hijos pequeños.

Fachada antigua

Vieja fotografía del edificio del actual IES Isaac Newton y Escuela de Idiomas de Valdezarza, desde la entrada por la calle José Lorenzo.

Reformatorio para menores embarazadas

El sol de invierno que templa hoy las galerías entraba por los mismos ventanales bajo los que se alineaban decenas de cunas con barrotes de hierro. Así aparecían en 1982, en las pocas fotografías que conservan la memoria de Nuestra Señora de la Almudena, la antigua maternidad de Peñagrande. El centro funcionó entre 1955 y 1983 como internado para madres solteras menores de edad, a quienes la moral del régimen escondía en este lugar a las afueras de la capital. “Bajo ese nombre de maternidad se camuflaba un auténtico reformatorio, porque el peor delito que podía cometer una menor era quedarse embarazada fuera del matrimonio”. Consuelo García del Cid Guerra relata en el abarrotado salón del Instituto, antaño capilla mayor, los testimonios que ha recogido acerca del maltrato y los graves delitos –entre ellos, el robo de niños– que se cometieron dentro de estos muros contra chicas desde quince, dieciséis años, y hasta 25, la edad máxima a la que podían ser tuteladas por el Estado en lugares como este. García del Cid es la autora de ‘Las desterradas hijas de Eva’ (2012) y ‘Ruega por nosotras’ (2015), sobre estas prisiones encubiertas para mujeres que sobrevivieron al dictador y se mantuvieron hasta bien entrada la democracia. Ella misma fue internada en otro centro de la forma en que cuenta al público reunido en el Isaac Newton por la iniciativa de las propias alumnas y otras asociaciones del barrio en una “Semana por la Memoria”: “Yo vivía en Barcelona y fui detenida el día de la manifestación por la muerte de Salvador Puig Antich. Meses después entró mi madre con un médico en mi habitación, me pusieron una inyección y cuando desperté estaba en un lugar que no conocía. Había una maleta con mucha ropa. La ventana con barrotes daba a la calle y por las matrículas de los coches, M, M, M, M… supe que estaba en Madrid”. Tenía 17 años.

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La misma entrada, en la actualidad. Parte del complejo original, que ocupaba toda la manzana, ha sido derribado para construir una residencia de ancianos y una parroquia (A. B.)

Las estudiantes de 2017 escuchan cómo la adolescente Consuelo de 1975 oyó hablar por primera vez de Peñagrande con la llegada al convento de las Adoratrices de la calle Padre Damián, 52 –donde ella estaba encerrada– de dos chicas “llorando, con los pechos vendados y unas compresas enormes, con una tremenda hemorragia. Pese a que teníamos prohibido entre nosotras revelar el motivo por el que estábamos allí, las dos chicas me dijeron: venimos de Peñagrande, hemos tenido un hijo y nos lo han robado”.

Niños robados, madres secuestradas

El internado de Nuestra Señora de la Almudena en Peñagrande era uno de las decenas de centros pertenecientes al Patronato de Protección a la Mujer, una institución del Ministerio de Justicia organizada en 1941 cuya presidenta era la propia esposa del dictador, Carmen Polo. Su finalidad era “la dignificación moral de la mujer, especialmente de las jóvenes, para impedir su explotación, apartarlas del vicio y educarlas con arreglo a las enseñanzas de la Religión Católica”. Para obtenerla, tenía la facultad de “adoptar medidas protectoras en favor de las mujeres que se desenvuelvan en medios nocivos o peligrosos y estimular el interés social en favor de las mujeres moralmente abandonadas, especialmente de las menores de edad”. En la retórica del régimen, el vicio y el abandono se refieren específicamente a la sexualidad de la mujer, consentida o forzada, incluyendo a niñas que apenas hubieran dejado los juegos de muñecas. De ahí el examen ginecológico previo a la clasificación de todas y cada una de las mujeres que se “recuperaron”. Esta llamada maternidad de Peñagrande estuvo funcionando desde 1955 hasta 1983 y regentada durante muchos años por las Cruzadas Evangélicas, un Instituto Secular católico. “Llegó un momento en el que tuve en mis manos un documento, con el sello del Ministerio de Justicia” –relata García del Cid al hablar de su trabajo por recuperar la historia de estos centros– “es una carta que escriben a la dirección de Peñagrande y que dice que una familia católica de moral intachable quiere adoptar rápidamente, y le pide que le den un niño”.

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La entrada por la calle Isla Malaíta, por donde accedían las internas del Patronato, en la actualidad. (A. B.)

Sin apenas rastro documental conocido, los testimonios de las antiguas internas, el trabajo de sus asociaciones, las primeras denuncias de las estudiantes de asistencia social y algunas investigaciones han colocado al Patronato dentro de las tramas de robo de bebés que operaron en España desde los años cuarenta, convirtiendo este siniestro “negocio industrial” de la venta de niños en “crímenes contra la Humanidad y un asunto de Estado”, como afirma Consuelo García del Cid. Sin embargo, el olvido y la falta de justicia y reparación a estas mujeres de Peñagrande y otros reformatorios –camuflados como colegios, sanatorios o conventos– es la respuesta que hasta hoy les ha dado la democracia, lo que hace más valioso el gesto de las jóvenes alumnas del Isaac Newton al escucharlas.

Una “Gestapo a la española”

Los niños robados en el Patronato son el vértice criminal de una cadena de humillaciones y abusos cometidos contra miles de mujeres en la España de Franco y la de la Transición, ya desde su propio ingreso. Las chicas podían llegar a los reformatorios a instancias de sus propios padres –y encima pagaban por ello–, para que fueran reeducadas por las monjas, y en el caso de las solteras embarazadas, para esconderlas. Los padres renunciaban a la patria potestad de sus hijas que quedaban, bajo la tutela del Estado, a merced de las religiosas, en esa conjunción de la iglesia católica con el Estado español tan arraigada. Las propias familias y las religiosas redoblaban la coacción a las jóvenes madres solteras para que entregaran a sus hijos a personas “mejores” que ellas. Hay testimonios de algunas víctimas que llegaron a estos centros embarazadas tras ser violadas en el ámbito familiar. A otras, simplemente las echaban de casa. También se vigilaba y detenía a las rebeldes, las que iban a manifestaciones, las que salían solas. García del Cid habla en sus libros de una “Gestapo a la española”, formada por celadoras del Patronato que denunciaban a las mujeres para internarlas. Una vez dentro, comenzaba la “reforma” de estas pecadoras, basada en la humillación y los trabajos forzados. En esta “educación” apenas tenía importancia la formación académica, pues básicamente se las ponía a fregar, cocinar o coser durante horas y horas. “Las madres aquí eran asistidas por comadronas despiadadas que mientras estaban pariendo les decían “No te dolía cuando lo tenías debajo, puta… Si te diste el gusto, aguanta ahora el disgusto”, relata García del Cid. “A algunas, cuando daban a luz les obligaban a lavar sus propias sábanas manchadas de sangre con agua fría”.

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Mujeres por la memoria en la reunión del 7 de marzo en el Isaac Newton: de izquierda a derecha, Maribel Lázaro (actriz y dramaturga), Icíar del Salto, Patricia Morini, Concha Mayordomo y la directora del centro de enseñanza, Cristina Guardia. (A. B.)

“Voy a contar el tipo de cárcel que fue esto”, dice Icíar del Salto mientras su hija Anabel la escucha en la primera fila. “Llegué con 19 años recién cumplidos. Mi madre también había sido madre soltera, luego se casó. Las palizas, las vejaciones, los tocamientos del marido de mi madre… no me gustaba estar en mi casa. (…) Conocí a un chico y me quedé embarazada. Mi madre me echó de casa. Lo dije en el sitio donde trabajaba y me trajeron aquí. Esto ya fue trabajar y trabajar. Este suelo lo he fregado de rodillas muchas veces con estropajo, estando ya de ocho meses (…) Las monjas te decían que si querías ser una buena madre lo que tenías que hacer era dar a tu hijo en adopción, porque cómo ibas a darle una educación”.

Compraventa de seres humanos

Pero no solo se vendían niños en Peñagrande, continúa. “A mí me exhibían… yo era bastante guapa, nos ponían en fila, solíamos ser cuatro o cinco, unos señores nos miraban, nos hacían que nos diéramos la vuelta, entonces elegían o no. Esas personas pagaban, esos señores venían a comprar a una persona, se supone que para casarse con ella. A la que se iba no la veíamos más. No nos dejaban salir ni relacionarnos las unas con las otras. No conocíamos a las de las otras plantas del edificio”.

Como atestigua Icíar del Salto, las Cruzadas Evangélicas aprovechaban incluso el momento de los dolores de parto para presionar a aquellas que a pesar de todo no querían dar a su hijo. “A las más desamparadas” –dice García del Cid– “las que no recibían visita de familiares, les decían que el bebé se había puesto enfermo y lo subían a lo que llamaban el Botiquín. Les decían que había muerto pero no era así. Ellas mismas rellenaban las partidas de nacimiento y los inscribían directamente con otros nombres”. “Es muy importante que todo el mundo sepa que las Cruzadas Evangélicas no han cambiado su cometido”, añade, “ya que actualmente están dirigiendo centros de menores de los servicios sociales”.

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Antigua capilla de las monjas en el pabellón sin reformar de Peñagrande. 7 de marzo de 2017. (A. B.)

El pabellón olvidado

Si apenas hay fotografías o documentos de Peñagrande, no son pocos los testimonios del sufrimiento allí vivido. Hay incluso antiguas internas que hablan del suicidio de una joven lanzándose por el hueco de la escalera. “Algunos chicos hablan de los fantasmas de la parte antigua, siempre se oyen rumores”, dice la encargada de la cafetería del instituto. Justo al lado está la puerta que conduce a la zona del edificio que no ha sido reformado en estos treinta y cinco años y que permanece abandonada. El profesor Mauro Vitoria Ezquerra, jefe del departamento de inglés del centro de enseñanza, abre la entrada y ejerce de guía en este “túnel del tiempo” a las madres e hijas que han regresado a Peñagrande. Sin luz, con las ventanas rotas y el suelo lleno de pequeños escombros, la comitiva recorre los pasillos del pabellón. Allí están el llamado Botiquín de la maternidad –las dependencias de las que las internas temían que sus hijos no regresaran jamás–, los dispensarios médicos, la vieja capilla de las monjas. En las paredes de azulejos blancos, los esqueletos de hierro de antiguas cunitas y viejas pegatinas infantiles no tienen más compañía que las palomas que entran y salen por los vanos. El veterano profesor hace cálculos mentales de cuántas jóvenes pudieron parir en esta casa, con una ocupación que rondaba entre 500 y 150 internas, en un periodo de 28 años… tan solo aproximaciones: tras el abandono de las Cruzadas Evangélicas del centro en 1983 no se conocen archivos que se hayan conservado hasta hoy.

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Estructuras de hierro en el viejo pabellón abandonado. 7 de marzo de 2017. (A. B.)

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Dependencias en la zona llamada el Botiquín por las internas. 7 de marzo de 2017. (A. B.)

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Aún quedan viejos muñecos infantiles pegados al azulejo blanco, como testigos mudos de lo que un día fue la maternidad de Peñagrande. 7 de marzo de 2017. (A. B.)

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Esqueletos de muebles y lavabos, dibujos en las paredes. En el pabellón abandonado no se oye más que el aleteo de alguna paloma que se cuela por las ventanas rotas. (A. B.)

El compromiso de los artistas

En el recorrido por el fantasmagórico pabellón Concha Mayordomo observa atenta la degradación de estos pasillos abandonados. Ella es una de las artistas plásticas más reconocidas de nuestro país y una verdadera “artivista” comprometida con la causa feminista y contra las violencias de género, fundadora de los colectivos artísticos “Generando Arte” y “Blanco Negro y Magenta”. Concha Mayordomo es la comisaria de la exposición que también forma parte de esta reivindicación de la memoria, una muestra de reproducciones de varios artistas bajo el título “Lo hace porque te quiere” –serie que lleva itinerando desde 2013–. Figuras como Luis Eduardo Aute, Pilar Aymerich, Marga Clark, Cristina Lucas, Ouka Leele o Marina Núñez han querido colaborar con Concha Mayordomo y la escritora Consuelo García del Cid en su apoyo a los profesores y las jovencísimas feministas del centro de secundaria. La complicidad entre ambas activistas, Consuelo y Concha, fructifica desde que la artista madrileña organizara en 2015 las exposiciones “Desterradas hijas de Eva”, del colectivo Generando Arte, basada en el libro homónimo de la primera, y la también colectiva “Bebés robados”, presentada en 2016. “El origen de la opresión a la mujer se debe buscar siempre en la educación y la cultura”, afirma Concha Mayordomo, quien también ha impartido una clase contra las violencias de género a los estudiantes. “Es importantísimo que la cultura esté sensibilizada con la igualdad, porque en el imaginario subconsciente persisten micros, pequeños y grandes machismos que condicionan a la sociedad, especialmente a la población más joven”. Con acciones como esta exposición, “un nutrido grupo de hombres y mujeres artistas denuncian la desigualdad y sobre todo la violencia hacia las mujeres como mejor saben comunicar: desde el arte. Ellos prestan sus imágenes altruistamente por una sociedad más justa y quieren que el mensaje llegue al mayor número posible de personas”.

Concha Mayordomo

‘Muñecas rotas (Diario de una cuidadora social)’. Concha Mayordomo, 2010. “Los fantasmas de las mujeres que ya se han ido/Deambulan por las habitaciones(…) (Del poemario ‘La casa de la llave’ de Mada Aldarete). Esta imagen y las siguientes pertenecen a la exposición ‘Lo hace porque te quiere’ en el IES Isaac Newton.

Ouka Leele

‘Silencio’. Ouka Leele, 2007.

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‘Penitencia’. Roberta Requena, 2013. “(…)El lavado de los pecados, un acto tan simple y cotidiano como enjabonarse las manos, o el cuerpo y seguir sin culpa… como canoniza en la práctica la estructura de poder patriarcal religiosa(…) corresponde a una instalación compuesta por un rosario de cuentas de jabón comercial y palangana enlozada con agua”.

Adriana Davidova

‘¡A veces, detrás de la ventana… Lágrimas de sangre!’. Adriana Davidova, 2014.

Myriam de Miguel

‘En la violencia de género no hay una sola víctima’. Myriam de Miguel, 2016.

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‘sANA_Sana’. Ana Marcos, 2013.

Marina Núñez

‘Sirena’. Marina Núñez, 2008.

Marta Linaza

‘Papeles’. Marta Linaza, 2013. “La realidad queda enterrada, como las noticias, en este pequeño campo de papel blanco”.

Ante la justicia

De vuelta al presente, los esfuerzos de las víctimas y sus asociaciones por judicializar muchos de estos casos chocan con la falta de recursos o de voluntad de nuestros jueces por abrir diligencias, pese a que las primeras investigaciones y denuncias datan de los mismos años ochenta en que se cierra el Patronato. Tan es así que actualmente, algunos casos de niños robados están incluidos en la llamada “Querella Argentina” que instruye a miles de kilómetros de nuestro país la jueza María Servini por los crímenes del franquismo. Después de tantos años y tantos testimonios, ni cargos, ni médicos ni monjas: nadie ha sido aún juzgado. El tesón de madres e hijos consiguió la imputación de la tristemente famosa Sor María Gómez Valbuena, asistente social en la maternidad pública de Santa Cristina denunciada por supuesta participación en adopciones irregulares, pero la monja murió en 2013 sin llegar a juicio.

Será el doctor Vela, el ginecólogo a quien señalaba Icíar del Salto como el encargado de cuidar la salud de las menores de Peñagrande, el primero en verse pronto en un juicio por la presunta sustracción y entrega a una pareja de una niña –Inés Madrigal Pérez– nacida en 1969 en la clínica San Ramón de Madrid, la pequeña entidad privada que él dirigía y a donde presuntamente la religiosa fallecida enviaba embarazadas haciendo trabajar su paritorio a pleno rendimiento. El anciano doctor espera en libertad provisional mientras, según informó Efe el pasado 20 de febrero, el juzgado ha decretado la apertura de juicio oral y la fiscalía le pide once años de prisión –trece la acusación particular–, por los delitos de sustracción de menor de siete años, suposición de parto por un facultativo y falsedad en documento oficial.

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Concha Mayordomo, artista visual, y Consuelo García del Cid, escritora. Activistas. 7 de marzo de 2017. (A. B.)

Frente al espejo: luchar contra el olvido

“El olvido de las internas ha sido paralelo al de las instalaciones”, lee en la sala una estudiante del Newton. Mientras avanzan con cuentagotas los casos en los juzgados, tampoco el eco de tanto sufrimiento ha hecho gran mella en la opinión pública, como prueba la extrema modestia del homenaje celebrado esta semana de marzo en Peñagrande. Apenas un portavoz socialista de la junta municipal del distrito – Juan Antonio Fernández Moreno, muy activo por la enseñanza pública e interesado por la suerte de la red en el barrio– y Fernando Barredo de Valenzuela, un profesor de Bellas Artes miembro de Podemos (el popular y autodenominado “feo de Podemos” que intervino en Vistalegre II), son los perfiles políticos sin coche oficial que han acudido a la cita en el centro que dirige Cristina Guardia Villaroel.

Con contadas excepciones, el olvido de la represión del nacional-catolicismo sobre las mujeres es la norma en nuestra democracia. Es así a pesar de que desde las primeras denuncias hay un excelente trabajo de investigación periodística realizado por María Antonia Iglesias y continuado años después por José Luis Gordillo (lamentablemente ambos han fallecido, la primera en 2014 y el segundo hace apenas cuatro meses); María José Esteso o Ana María Pascual, presente también en la sala y a quien el colectivo de víctimas saluda efusivamente. No es para menos. Esta periodista ha recogido el testigo dejado por Iglesias y con tenacidad investigadora ha colaborado en momentos extraordinarios como el reencuentro de alguno de estos hijos robados con sus verdaderas madres, el anhelo por la identidad que agita los corazones de cientos de afectados. Este fue el caso de Rocío García Sanz, nacida en 1980 en Santa Cristina, que encontró a su madre biológica en 2011. Si la búsqueda, entre pruebas de ADN y sin apenas papeles, es muy complicada, más aún lo es la reconstrucción emocional de estas personas, tantas veces imposible. Una reportera como Pascual les ayuda con una dedicación mayor del mero compromiso profesional, pero no está a su alcance llenar el vacío de quienes se miran al espejo sin saber a quién se parecerán, dónde estarán, por qué fueron separados.

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Pabellón cerrado de Peñagrande, 7 de marzo de 2017. (A. B.)

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Patricia Morini y Anabel del Salto entran en la parte abandonada del internado para menores embarazadas donde nacieron. 7 de marzo de 2017. (A. B.)

Entre lo viejo y lo nuevo

Incluso cuando las jóvenes madres lograron salir de este “sitio maldito” con sus hijos, el daño moral causado por la humillación y la coacción es indeleble. Patricia Morini nació en Peñagrande el 14 de septiembre de 1971, pero su madre no la acompaña en el homenaje del Newton. “No se le puede ni nombrar el lugar. A muchas les robaron a sus hijos, a mí la madre me la robaron aquí. Ella y otras consiguieron que salieramos juntas, pero las relaciones de muchas de estas mujeres con sus hijos son malas, hay un rechazo. Siguen viviendo con miedo, con ansiedad, se les enseñó a sentirse culpables. Por eso estoy aquí, para que no se nos olvide.“

La puerta cerrada de Peñagrande no oculta un mundo de fantasmas para asustar a los novatos del instituto, sino el reverso de nuestra propia realidad. Es también la metáfora perfecta de la vida pública española, entre el viejo y el nuevo régimen. Al echar la llave y olvidar a las víctimas de la represión, dejando los logros de la democracia a medio acabar como la reforma de este edificio, Peñagrande es el retrato de lo que fuimos y lo que aún somos. Es hora ya de hacer lo correcto y acabar el trabajo.

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6 pensamientos en “En el pabellón del crimen: memoria de Peñagrande

  1. Pingback: ‘Lo hace porque te quiere’ en el Instituto Isaac Newton, de Madrid | ComparteArte.com

  2. Yo cumplí condena en peña grande, pero no pudieron conmigo, hicieron de mi una superviviente como mujer.
    Como madre y con la ayuda de la mia, aprendi a querer a mi hijo ,a criarlo , educarlo , y que se conviertiera en la persona que es hoy.
    Nunca le eculté donde nació y como era peña grande, pero sin dramas, laverdad la fue descubriendo con el tiempo.
    siempre se sintio orgulloso de su jovencisima mama soltera; que cuando el tenia 7 años decide en una ciudad como León ( hace 37 años) fundar una asociacion de madres solteras Isadora Duncan, con un lema SER MADRE NO ES UNA VERGÜENZA ES UN DERECHO NO TE DEJES MARGINAR.Lema que sigue siendo vigente.

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  3. Yo viví en Peñagrande, pero ya entre los años 1981-83. Fui parte de un pequeño grupo de mujeres que luchamos para cerrarlo, y lo conseguimos. No sin pasar por situaciones rocambolescas, amenazas, violencia, represión, etc. Mi hija tiene 36 años, y dos hijos de 15 y 9 años. Hay muchas cosas que contar que se desconocen aún. No viví los terribles años de la dictadura en el Centro. Pero aún en los años 80, había muchos rescoldos de ella. Y contra eso, tuvimos que luchar a cara partida.
    Hoy, me siento muy orgullosa de todo lo que hicimos. Fue Una Lucha de Resistencia, y de Supervivencia brutal e inolvidable (Isabel)

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    • Yo seguro ke te conozco porke mi hija tambien tiene 36y nacio alli pero no se ke pretendeis contar contar como se vivia alli pero sin mentiras ke ya esta bien ke no hago mas ke leer mentiras yo hablo de eso años contar tambien las cosas ke habia alrededor ke haciamos durante el dia la guarderia como estaba distribuida donde lavabamosla ropa los hogares la cocina donde estaba maternidad ,cuando podiamos salir hasta ke hora ke pasaba con algunas internas ke estaban alli como aparecian despues de haber salido yo me acuerdo de todo ke nos enseñaban en algunas clases de ke iban las clases te acuerdas del nombre de la ke cuidaba a los niños mas pekes en la guarde venia de la calle trabajaba alli yo si me acuerdo como se llamaban las comadronas tengo hasta apuntes de las clases venga cuenta

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  4. No se kien esa iciar pero estoy hasta las narices kke se digan falsedades de peñagrande entre en año 1981-1982porke yo estuve alli y me da verguenza ke esta gente se este aprovechando de falsedades para conseguir no se el ke.Tengo papeles ke lo testifican porke mi hija nacio alli y lo tengo todo guardado y respecto al libro ke han escrito tambien tengo ke decir ke no solo cuenten las penas de algunas ke investiguen mas y no solo las penas de algunas no de todas.

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